La vagancia es la actitud de una persona que tiene poca disposición para hacer algo que requiere esfuerzo o constituye una obligación. Desde la perspectiva espiritual, es una persona que no se esfuerza por alimentar su espíritu y en consecuencia vive sometido a las debilidades de la naturaleza humana.

Así como todos los seres humanos necesitamos alimento natural para vivir, igualmente necesitamos alimento espiritual para mantener una vida emocional saludable. La ausencia de alimento provoca ansiedad y hasta desesperación. De la misma manera la ausencia de alimento espiritual nos hace mucho más sensibles y susceptibles a las debilidades humanas como la ira, el egoísmo y el orgullo, la lujuria y muchos otros más.

La vagancia espiritual mantiene a las personas en tinieblas y no pueden ver con claridad el camino de la vida, por lo cual cometen muchos errores y con mucha frecuencia equivocan el camino. Todos los seres humanos necesitamos luz espiritual para poder discernir la senda y evitar tropiezos que nos pueden causar mucho daño.

El camino de la vida está lleno de dificultades y circunstancias que tenemos que enfrentar. Sin alimento espiritual no tenemos prácticamente ninguna opción de sobrevivir ilesos y más bien, la posibilidad de vivir una vida llena de conflictos es muy alta. La pereza, la apatía y la pobreza son características clásicas de la vagancia.

Un hombre vago privilegia el descanso y la diversión por sobre el trabajo. Las personas vagas suelen ser conformistas y carecer de grandes expectativas. Lo contrario a la vagancia es la actitud proactiva, diligente, responsable, ordenada, esforzada y valiente.

Josué 1:7y9: Sé fuerte y muy valiente. Ten cuidado de obedecer todas las instrucciones que Moisés te dio. No te desvíes de ellas ni a la derecha ni a la izquierda. Entonces te irá bien en todo lo que hagas. ¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas.

Una vida espiritual saludable consiste en meditar frecuentemente en la palabra de Dios para obedecer las instrucciones de nuestro Padre Celestial. Nos da la fortaleza necesaria para vencer el temor y el desánimo.

Una vida espiritual saludable activa la conciencia responsable en el ser humano y le da la sabiduría y las fuerzas para enfrentar desafíos proactivamente y luchar para obtener las bendiciones de Dios, los beneficios de la vida y alcanzar los sueños que nos entusiasman.

En el matrimonio y la familia necesitamos desarrollar la capacidad de amar, de pedir perdón y perdonar muchas veces, de ser humildes y tolerantes, de servir incondicionalmente; y eso solo lo lograremos manteniendo una vida espiritual saludable y proactiva.